murmullos de dios estaba completamente sola. no había alma que la cuidase y tampoco quería tenerla. no sé de su vida pasada, de su juventud ni de su paso a la madurez. la conocí vieja, muy vieja. aspecto extraño. con el cabello hasta la mitad de la espalda, se peinaba con un viejo cepillo sucio de madera. ojos grandes, que seguramente, alguna vez vieron alegrías; sus ojeras, un marco triste e insípido de su mirada perdida, un indicador de cansancio y mal sabor por la vida; la piel de su rostro era tersa y limpia, sensual… sin manchas ni marcas, con pocas arrugas; boca pequeña y labios gruesos enmarcaban dientes torcidos y amarillos. no tuvo sonrisa, no le conocí una. pómulos sobresalientes de su cara como dos moretones herencia de certeros golpes. delgada como una prostituta vieja y usada a pesar de que nunca lo fue; demacrada permanentemente, hace mucho tiempo que no encontraba alegría... ya no la necesitaba. su mente dejó aquello, kilómetros atrás. no necesitaba ser reconfortada ni compadecida; hacía sus cosas sola, vivía sola, sola por dentro y sola por fuera con su mirada cabizbaja y torva. en la seguridad que le daban unas paredes, vestía de camisón holgado y viejo arrugado, de florecitas rojas y ramitas marrones que iban a remojarse cuando demasiado apestaban y ella paseaba desnuda entre las habitaciones esperando a que secaran. asi la vi la última vez que fui a visitarla. sin habla. toda la casa hedía a cigarrillo. recuerdo su cuerpo, era delgado, muy delgado, sus costillas sobresalían con petulancia, diciéndome ‘nosotras estamos aquí y queremos salir de este cuerpo débil y despreciable’; el pellejo agrandaba su pelvis enseñando su forma completa pronunciada y redondeada; la espina daba el trazo central para su caminar y era como una protuberancia extraña y continua a la raya gris de sus pobres nalgas. ¡sus rótulas!!! eran desproporcionadas, grandes y ovaladas suficientes para hacer un tallado. que pies tan grandes y planos, con dedos largos, flacos y feos, y brazos iguales pero sus manos… manos delicadas y féminas, simpáticamente provocativas. era un ritual para ella caminar alrededor de los muebles rotando en la vastedad de su refugio; bordear las paredes con las yemas de las manos ensuciándolas cada vez más, y más era la reafirmación de su territorio, era su pertenencia a algo material. una noche, en esa casa, tomé uno de tantos libros de los estantes y comencé a leer. estaba en su habitación, durmió por varias horas. tenía un encanto insípido que me atraía, al igual que el resto de las cosas que llenaban las habitaciones. sin ser muy vieja ella era parte de ese depósito de antigüedades, era una reliquia que de alguna manera me urgía atesorar. al final del sueño salía de su habitación totalmente desnuda de quietud. sentía un apremio por salir y ver las calles, sentir el viento, pisar la tierra. era salida de rutina. la primera vez que la vi, estaba sentado en un parque mirando a cada persona hasta que la perdía de vista. sin saber lo que encontraría en ella no le presté atención. unas horas después, antes del ocaso, dirigí la mirada hacia ella, estaba con la cara al cielo. caminé con curiosidad. me acercaba, era bella y esbelta, su cara miraba hacia arriba pero sus pupilas hacia atrás… y hacía muecas con la boca... me atraía. ¿las muecas? no lo sé. regresé a mi asiento, el sol se iba y la noche empezaba a envolver mi tranquilidad. el peatón había desaparecido. qué extraña realidad! ella enderezó el cuello, miró a ambos lados tontamente levantándose con fuerza y a raudos pasos largos y apresurados empezó a caminar como si la noche fuera a tragársela. no volví a verla sino hasta tres semanas después, en la misma banca, en el mismo trance. me senté a su lado y esperé con paciencia a que regresara de su interior. empezó a murmurar y la miré, su cara hacia el cielo y sus ojos en violento temblar. más que buscar su alivio sentí compulsiones de desesperación de no saber qué estaba viendo. indignante. no sé qué más pensar. regresó a la realidad, que vive en nuestra realidad, ya de noche. un gritito de sorpresa. me penetraba con su mirada como un taladro en mi cabeza acelerando y acrecentando mi inquietud, mermando mi autocontrol. fue algo que nadie me había hecho sentir, y creo que desde ese momento nos enlazamos de alguna forma, pero no por un sentimiento de agrado sino por una tácita comprensión... un desprecio, también tácito y difícil de entender y de explicar, se apoderó de mi, como ella lo hizo, un desprecio que me daba valor, uno que producía vergüenza después de alterar mis ánimos. tomó mi muñeca y tiró con fuerza hasta que me levanté y seguí sus pasos, la sorpresa no me había abandonado. a momentos, su caminar aceleraba el ritmo pausado que había tomado, otras veces totalmente inarmónico yendo en zigzag de un lado para otro. caminamos menos de una hora cuando paró en seco y me miró a los ojos, jaló por el cuello de mi camisa y entramos por la puerta de servicio. su actitud cambió en un parpadeo a la de una adolescente coqueta e inmadura. sentía que allí no tenía necesidad de estar a la defensiva. pero, por qué salía y se sentaba en el parque… nunca lo supe. esperó a que terminara de registrar la estancia para entonces llevarme a su cuarto. no supe qué hacer o decir, pero ella sí lo sabía, y de antemano. levantó el cubrecamas y la sábana, después desabrochó mi camisa y dejó que cayera. cuando desperté, al olor de su cuerpo ya no lo podía recordar. no estaba en la casa. había un diario en una repisa. ¿transgredía su intimidad o no? no. el diario era de alguien que vivió hace mucho, un hombre rico e intelectual. el discurso era técnico y monótono, sobre el funcionamiento de una fábrica que ya no existía y de los procesos y problemas diarios que se llevaban dentro de ella. era un cuaderno de control. al parecer, la casa estaba construida para evitar intrusos y mirones, y para vivir en silencio. salí a media tarde. no había seguro. regresé a mi departamento y pensé en lo que había hecho, ella. los días pasaron mientras trataba de encontrarla en su casa, en el parque. perdida. encontrada al pasar dos semanas debajo de un puente de piedra, apoyada la cabeza entre sus rodillas. por dos semanas quién sabe de qué se alimentó. me preocupó, más que antes, el verla. pordiosera. “conciencia” trataba de decir su mirada, así que la levanté del brazo con algo de temor. se dejó llevar. no sabía qué esperar de ella, no conocí lo que cargaba dentro. siguió el camino que le daban calles tras calles, a paso lento porque arrastraba sus pies. la noche penetraba por las paredes, camino a su habitación, me costó desabrochar el vestido de esa noche, sucio, raído y maloliente, y sola se recostó en un sillón. encontré una vela. encogida como una niña. yo cansado. en la mañana estaba sentada enfrente mio. estaba limpia, limpísima, y yo con el cuello adolorido. ni una palabra, mirándonos, yo al principio con gusto y extrañeza pensando que sería un carácter por demás tierno e ingenuo, pero su persistencia era más fuerte que la mía y no podía llevarla. fue cuando dijo 'vete’. me levanté torpe, hacia la puerta, como un chico que se siente estúpido ante un adulto. volteé y su mirada no sólo se quedaba en mis ojos sino que estaba clavada en mi alma. 'adios, regreso en estos días'. caminé lentamente a mi departamento, pensando en si me quería o sólo me había usado de alguna manera, quién sabe cuál; …pensando que tal vez estaba loca o era un humano muy particular. tuve que limpiar una olla con comida rancia, banquete para cucarachas. pensé en porqué miraba hacia arriba. qué tipo de enfermedad sería? qué tan loca estaba? Pero no más porque la quería, sentía afecto por su manera de existir, diferente a todos los que me rodeaban, diferente a mí mismo. días después entré a su casa. limpiaba estantes. paseó su vista sobre mi, como si fuera un extraño, completo extraño, y siguió haciendo lo que estaba. 'hola' dije, con inútil resultado ante una desconocida sin ropa y sumida en una realidad que parecía hueca. revolvía mis ideas buscando una respuesta. tal vez un doctor, pensé, un psicólogo. empezaba a quererla como era. el culto de su vida, de su existencia y de su ser, era el silencio. nunca supe porqué no hablaba ni se comunicaba con los demás, aparentaba no tener esa necesidad, sino de vivir en sí misma por siempre, como si dentro tuviera un universo amoldado a su yo que la consumía poco a poco, y en silencio, siempre en silencio. sostenía una foto con cariño. un hombre y una jovencita risueña en la misma banca del parque en la que ella se sentaba. miraba al techo y sus pupilas hacia atrás. aliento ácido, desagradable. estaba sucia y con la cara grasienta. desnuda, temblaba. una obsesión para mí, su sufrir continuo. una obsesión que me llevó al desastre. pienso en su vida silenciosa, en su encierro. me arrastró a una vida tan mísera como era toda ella. pura compasión, miedo a hacer lo mismo, desamparada y loca, solitaria y silenciosa. una existencia entre murmullos y trances hacia el cielo. ya no tuve qué hacer... más que vivir... con ella dentro por el resto de esta miserable vida mía. no puedo andar sin ella, no puedo ver al cielo sin ella, no puedo pasar hambre sin ella. debajo del puente estamos tranquilos y compenetrados. ella buscaba la miseria porque eso era lo que la distraía de esta realidad. debió haber muerto murmurando, en trance hacia el cielo, murmurando a dios. |
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miseria humana imaginaba qué sería estar así: escuchaba solamente tu voz por ese aparato del demonio, negro y frío, en eterna espera para romper mi silencio. para eso lo tenía. mi prescripción se acaba, pero no es problema porque está abierta las 24 horas. me querías mucho, solías quererme. me hice actor de falacias, de mentiras, de hipocresías, tan sólo por tenerte. luego, desapareciste de mi vida, te fuiste sin un beso. encontré un polvito blanco para sustituirte pero no funcionó. estoy preso, dentro de mi y dentro de ti, dentro de un cuarto frío e insípido. mis pinturas se perdieron, quise ser artista pero la inspiración me defecó cuando te fuiste. dónde estás? quiero encontrarte pero no sé en dónde buscarte! hace mucho tiempo una tremenda frustración se fijó en mi mirada, en mis calles, en mis hostales de ciudad fría, indiferente e insípida como yo. mi mundo se desmoronó justo después de ti. mi estabilidad es el cemento pisoteado y escupido, sobre el que se sostiene y sobrevive una ciudad saturada de todo: puertas coloniales, desagües rotos, botellas, perros y ladrones, loterías y prostitutas. en deprimida animia caminé entre panaderías, paradas y restaurantes que sufren una mórfosis nocturna, mutación de necesidades, un rebuscar en miradas ajenas, una explicación para ello, para mí, para mi habitual pero extraña actitud, sin llegar a conclusiones tangibles, no entendibles pero sí sensibles en la base de mi cerebro. recuerdo a una vieja coqueta cuando compraba un pollo en el mercado. no me interesa. todo no es más que nostalgia irrisoria de mi mísero existir cada vez que recuerdo cuando te quitaste la vida sin consentimiento ni autorización… quién te las hubiera dado? pero estoy feliz! voy a buscarte, y cuando te encuentre te seguiré por siempre, eternamente. mientras, como un aluvión que cae por una quebrada arrastrando casas, sueños y perros, vivo tu recuerdo imbuido en una tremenda confusión. la televisión no me dice nada, pasan las horas y no la veo, está encendida desde ayer, no dormí. cruje mi estómago, me retuerzo de hambre pero no importa. sólo hay dos ladrillos sobre la mesa, ni cucarachas que freír o pan duro que remojar en saliva. son ideas. sólo ideas. no puedo seguir pensando, no sé qué pensar, sólo en ti. no sé cómo vivir. vuelve mi miseria y se apaga mi luz… cuando te encuentre, se encenderá. hasta que llegue a esa luz, mi teléfono me matará en silencio. |
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culto de quién? maquinación, engranajes creando un particular pero no extraño actuar. sus neuronas dejan pasar impulsos eléctricos -fluye mucha energía-, los botones terminales no paran de trabajar. transmisión nerviosa corriendo por todo su cuerpo. siente y cree ser omnipotente un símil es necesario? alta costura. un homicida confeccionando su placer. mata. mata y lo disfruta. quiere la noche, ama la oscuridad piensa mucho en la noche encuentra todo lo que quiere, y también hace todo lo que puede. disfruta. sigue pensando. Piensa, no porque siente temor o remordimiento, busca la manera de mejorar busca. busca una chica. no la encuentra, solo un vago que golpea y golpea hasta que queda fundido en trapos sucios y manchados de rojo. él es un cordero, uno que "sigue", un subproducto social, un corderito sobre un esperpento ya no vivo. un desnaturalizado... menos... duelen los nudillos. dolor, manos inflamadas... placer. le gusta, lo disfruta! un infinito que no controla, tan grande y vasto, infinito dentro, que forma parte de su existir, un salto cuántico a un futuro, muy lejano para comprenderlo, un infinito que no puede controlar! eufórico, se golpea la cabeza con los puños, tira las puertas, rompe las paredes con un martillo. piensa con frustración: "dentro de mí y no lo puedo controlar! detesto todo!!". una sensación basal, animal, instintiva. saliva corre por el borde de su labio hasta la barbilla; respira hondo y rápido, inhala y exhala sin saber que se sobreoxigena; sus pupilas se opacan, no enfoca. histeria! comienza a exudar furia y sudor las paredes están en su mente y se proyectan a un infinito encerrado dentro de sí mismo. se exterioriza, expresa sus emociones como puede, no formas, no palabras. sólo un color. el color de la vida, el que infunde temor y euforia y gracia y placer. es lo que él ama, lo que lo hace vivir y a nosotros también, sin importar los motivos color que lo envuelve y lo transforma en autómata asesino consciente y racional -por qué NO?-, un buscador permanente de satisfacción, muerte de viejos y vagos y gente que no puede con su vida ni con las noches de nuestras calles son 6 asesinatos, una loa a la imperfección. si se cumplen los siete sería el mal perfecto. un mal que no falla, que siempre está atento y presto (no los 7 condenados pecados capitales), y que flota entre nosotros... con nosotros esto es un collage de la vida que él vive todos los días; que respiras y expiras junto con el polvo de tus buses. puedes ver esta realidad? a mí también me gusta ese color, como a él, color que exita mi retina, que exacerba mi ánimo. es un color de vida que simboliza el final de ella, un culto a la muerte... temor, inseguridad. el miedo fluye y se empotra en la base de mi cerebro. no sé que sentir... no sé a dónde ir ni qué hacer. camina a mi alrededor todos los días, roza mi brazo, apesta en mi nariz. sólo siento que estoy perdido en algún lugar llamado "sociedad", que se basa en la muerte para existir. |
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a diario un hombre, con dos pulgares pegados, sube sus zapatos terrosos al bus; un ratito antes, se lavó los dientes, se vistió, desayunó y cerró la puerta, dejando su intimidad detrás. así empieza el gran viaje diario-aburrido-común-mecánico a su trabajo, tal como dice el contrato; almorzará en veinte minutos, lavará sus manos y retornará a su silla de madera. no exagera, no busca diferencia, amedrenta a nadie. no habla con extraños como le enseñó su abuela, ni compra comida al paso en el mercado central. tampoco trama escaparse o renunciar a su depósito mensual... es otra mirada vacía y vidriosa que creció con dos pulgares entre otros que tenían dos pulgares, lo vio normal; nadie le dijo lo contrario, no escuchaba gritos sino sólo lamentos. “sube!... lleva!!!” en cualquier momento del viaje, hojeará un tabloide con traseros inmensos y la cura de la diabetes; sino, lo tendrá bajo el brazo siempre hediondo. y llegando a su trabajo, pensará que, a las 4 tomará otro bus para contaminarse con humo, ruido de bocinas y motores, con miradas torvas, un cobrador amargado, y adicionales malos olores de falta de agua y puesto de mercado. acercándose la noche, saldrá aburrido del corriente trabajo eternamente común. solitario en la plaza mayor, con dos soles en el bolsillo, gastará uno para una gaseosa de 50 y una galleta, y el otro para el pasaje de regreso. verá, frustrado, parejas felices de acomplejados hombres y mujeres, expresivos hombres con hombres, y fuertecitas mujeres con mujeres; pero sus ojos estarán como cuando maduró: perennemente indiferentes. cuando, religiosamente, se emborracha con sus dos pulgares, cada quince días, surge un tímido rebelde-ignorante en un hueco de ratas mal iluminado, a 10 cuadras de su casita; utiliza frases rebuscadas en contexto impropio, o frases impropias sin contexto. luego, tiene sexo con su mujer de dos pulgares... cada vez que ella le deja... entonces, a su medio siglo de vida, no sabe si lo que siente es frustración, o algo más para echarse al hombro. así se entrega a morfeo todas las noches, como miles en la ciudad de ladrillos. pero la última de aquellas noches -hoy, en unas horas-, como un trueno, sus cuatro paredes comenzaran a temblar y a caer por pedazos hacia adentro, encima de las ollas; y hacia afuera, en griterío que no escuchará porque el techo se partirá en su cara y polvo le secará los ojos. hace mucho que se esperaba esto, pero quién imaginaría que iba a ser mientras vivía... todo estará en total oscuridad y silencio primaveral, hasta que surjan puntitos de luz y sollozos por doquier. y este hombre de dos pulgares, con los zapatos mal puestos, golpeado y lleno de polvo, espontáneamente empezará a caminar y a buscar a quién ayudar. quitará ladrillos y vigas de madera, calaminas quebradas y muebles viejos... de donde hubo una casa. empezará a gritar órdenes y a organizar a hombres desubicados y mujeres histéricas. verá que hay mucho por hacer, y no dudará. entonces, se dará cuenta de que sus dos pulgares estaban sueltos hace mucho tiempo; que funcionan a voluntad y como él quisiese. pero torpe de él, tropezará con una piedra que veía todos los días, resbalará por el barranco y rodará por la tierra que pisa para bajar y tomar el bus. a las 6 de la mañana, clareando, lo encontrarán con el cuello roto y una varilla de acero saliendo de su estómago rojo; sus ojos apuntarán al cielo gris mientras un perro, crema-sucio y costilludo, lame una de sus manos, que rígidas, aprisionaran el aire, con ira... por no haber hecho más por sí. pero se habrá dado cuenta, porque en el fondo de sus ojos habrá una última imagen: sus manos sueltas levantando, con fuerza, una piedra, para tirarla lejos... muy lejos. |
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