¿Y ahora?
(agosto 06)

En algún momento estudié algo de arquitectura, pero me rodeaban muchas cabezas gachas. Ahora escucho salsa!! Años después de que dejé ese lugar de espíritu pobre, aunque rico en historia y conocimientos. Así es como –endémicamente- hemos dejado que nuestro entorno fallezca, se autominimice y haga consigo lo que su capricho dicte, uno muy ignorante, ciertamente.

“Un lamento”, dice la canción junto con timbales y trompetas, uno que se escucha todos los días, meneando las caderas y moviendo los brazos. “Pensaste que yo no te quería”, bailamos –con nuestra pareja- en una fiesta. “Ahora estoy soltero y gozando!”, asi, asi, asi, la cinturita pa´cá y pa´llá.

La alegría desborda, la fiesta sigue, la vida también. Sigo soltero, pero estoy casado, y asi quiero seguir ya que encontré un balance positivo.“A palo con ella”, abre el año nuevo, cierra el cumpleaños, y después, a la cama… ay que rico!! “Adentro, adentro, adentro!”

Después me hice publicista, y contento sigo con mi decisión, en la que tuvo que ver mi “Nars”. Por ello puedo comunicar y vender, y revender lo que sea necesario. Convencer y obtener muchas cosas. Tengo una pequeña herramienta para hacer un mundo diferente, aunque sé que no va a cambiar; sí puedo intentarlo, y ver los resultados como granitos de arena alrededor mio, en el tiempo, y para la historia.

La luz de la experiencia hará lo que deba, en su momento, cuando digamos “ya para qué”, “ya no vale la pena insisitir”, como otra salsa, pero ese momento no debe llegar, el niño interno será eterno, bailará en la fiesta pero pondrá su propia letra, hará su fiesta para siempre.

¿Y qué voy a hacer? La vida dirá, y yo haré.

Mientras, haré mi vida.

 
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Niños del cielo…
(Abril 2004)

Sean o no del cielo, piensan inocentemente hasta que pierden su “linda” pero despreciada ingenuidad, de aquella que nos hace reír sin un porqué aparente.

Pero la ingenuidad, que deja ser buenos a los niños, también los hace sufrir por cosas consideradas menores por los adultos críticos, pero que son suficientes para vivir con el espíritu satisfecho. Por ello, tanto se escucha el “no perder el niño interior”, y también el “volver a ser niños”, saliendo de bocas aguardientosas y miradas experimentadas.
Estos niños, antes de crecer, sean concebidos por amor o con desprecio, con satisfacción o por despecho, si son incluidos en el remolino de la pobreza, sufren lo que no deberían, hacen lo que nadie está a gusto haciendo; además se les solicita que lo hagan cabizbajos.

¿Serán santos? Quizá sí, hasta que se les considera suficientes para “pertenecer” a esta proletaria sociedad material, y así, ser aceptados.

Aquí es, cuando perdiendo su alma, se dejan a los placeres y se defienden antes de ser atacados, suponiendo un peligro. Todos los hechos bonitos de la juventud pasan a ser simples momentos anecdóticos, vistos con vergüenza por aquellos que hablan por el gusto de ser escuchados (¡muy mala autoestima, entonces!).

Esos niños pobres no tienen fuerza, no tienen carácter, están en desarrollo; sin embargo, son utilizados para desarrollar algo endémico y perenne: la pobreza. ¿Se puede desarrollar ésa? Desarrollar a la pobreza para que deje de serlo… desarrollo humano y social.

¿O será la palabra más adecuada: “exterminar”? ¿Qué se exterminaría o desaparecería? ¿Amerita entonces una masacre o quizá un recluimiento? ¿Tal vez reingeniería social? ¿Reingeniería de las fábricas donde se manufacturan artículos baratos con mano de obra barata y menor de edad? ¿Donde se hacen zapatos baratos de plástico, de colores cerro-san-cristóbal, con insumos color panza de burro, por demás tóxicos para los gateadores…? Pobreza nuevamente; cosas feas para gente pobre.
Un zapatito rosado mandado a reparar, cosido y recosido. Pan francés con papas baratas de tercera y del piso, pobreza, muchas cosas por hacer sólo para sobrevivir.

Cuando se pierde algo como los zapatos, tan importante para esta sociedad conmutadora, queda relegado el resto de cosas a segundo plano, y pensamos: ¿Cómo vamos a caminar en la calle, cómo vamos a salir así? Como pesa tanto la presión de inertes que nos rodean en el bus y en el parque; de lo que vayan a comentar pero que nunca oiremos, surge una motivación: la de suplir el objeto perdido… con otro similar.

Aconsejamos, buenamente, trabajar duro para conseguir ese objetivo, a gritos aceptado, tácitamente necesitado, criticado por su condición material de desgaste, pero utilizado sempiternamente.

Entonces, una pérdida motiva solidaridad vecinal, que dura poco porque las palabras se las lleva el viento, y que se acaba al primer inconveniente, al primer lío de comadres… la gente que teme perder zapatos viejos sufre inconvenientes a diario, provocados e incidentales, llenos de envidia y perjuicio.

Pero no es todo negativo, ya que la pérdida de materia necesaria, incentiva descubrimientos, en otras palabras, la criollada de la que disfruta y con la que se autodestruye nuestro país. Entonces, ¿sí es negativo? Pero en otros lugares se descubren capacidades y se desarrollan otras, la pérdida da habilidades para sobresalir, para sobrevivir, mas aquí se denomina viveza, y a la cual orgulloso ignorante se venden las propiedades mágicas del “yo lo puedo todo”, generación tras otra, sumidas en ignorancia intelectual y espiritual.

Una pérdida material también puede unir a la gente, para conseguir un fin común, o para reparar un error, o para sobrevivir. Generalmente lo último.

Y sobrevivir es lo que mejor sabe hacer un niño pobre porque no sufre tomando decisiones ni cargando responsabilidad económica; sólo se cansa trabajando y cumpliendo mandados. Son definitivamente santos, pertenecen al cielo.

¿Cuál es nuestro momento de volver a ser niños? ¿O será que debemos volver a nacer hasta entender que esa ingenuidad vale mucho más que todo lo que podamos lograr en nuestras espiritualmente vacías vidas gregarias?
Apelar a la sensibilidad de un niño es entender que la vida es más importante de lo que creemos, “más mejor” de lo que vivimos.

 

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De la experiencia en la enseñanza de la arquitectura y cualquier otra carrera… sólo un comentario
(noviembre 99)

Entonces, ¿por qué todos quieren enseñar en esa universidad? Es necesario un título, un cartoncito que certifique que sabemos algo, ¿cierto? Es necesario porque lamentablemente no podemos probar al mundo cuánto sabemos si no es cuando asumimos el reto o tomamos un trabajo... Lamentablemente, porque muchos prejuzgan basándose en un número, en una palabra (como “regular” o “excelencia”), y porque creen que los mejores son los que obtienen el número más alto. Pero, ¿qué si esos tienen por mundo solamente la arquitectura?

Cultura

“Aprenderás algo más en los bosques que en los libros. Arboles y piedras te enseñarán eso que jamás podrás aprender de los maestros” - San Bernardo de Clairvaux (1091-1153)

¿Son buenos profesionales? En este tiempo -y en todos los tiempos para la arquitectura- es necesario saber de muchas cosas: soldadura, comportamiento de materiales, psicología, cómo usar una red inalámbrica, empastar libros, hacer puertas y muebles, etc. Un profesional, que sabe sólo de arquitectura, no es un buen profesional porque no puede versar en otros temas, por ejemplo, con algún cliente dedicado a la importación de enlatados.
Saber un poquito de todo es el primer punto a tener para enseñar arquitectura, es el primer punto para poder enseñar en cualquier carrera.

Otro, es el no enseñar de un libro. Para tal caso, leer es más interesante. ¿Qué es un libro? ¿Qué es un profesor que habla cómo y de un libro? ¿Qué es mejor?

¿Y qué pasa cuando los profesores tienen mala ortografía? ¿Es permitido para los que “recién están abriéndose camino” en su profesión? Cuál es la consideración, si el cambio de una letra cambia al personaje. Hay que tener cuidado, las cosas no son “como salgan” o “qué tanto” o “es sólo una clase”.

Si dejamos los libros de lado, se aprende muchísimo en la calle, conversando con desconocidos, observando a la gente pasar y su caminar. La información está regada por todos lugar aunque desordenada.

Mundo

¿Acaso el haber tomado un par de tours guiados y escaparse del grupo por un momento para ver alguna iglesia, hace que la palabra del que dicta clase sea absoluta? ¿Tiene, esa palabra, verdad o sólo credibilidad sin sustento?
Es parte de la experiencia pero no es suficiente. Sí es esencial el viajar, es necesario conocer el edificio, sentir su espacio, analizar su historia para regresar con esa información y divulgarla.

Pero un tour no funciona. El “mundo” se gana viviendo el lugar, no viéndolo, conociendo la idiosincrasia de su gente y costumbres, no conversando con el recepcionista, sino sudando o congelándose en su clima, comiendo su comida, caminando por recovecos extraños y peligrosos, manejando una bicicleta en sus campos, podando un jardín, comiendo su queso y tomando su leche, viviendo sus noches.

El haber estado 4 ó 5 días en un país no da autoridad a decir “yo conozco” sino sólo “estuve allí”.

En la vejez

“Una palma de dátiles es la única creación de dios que simula al hombre. No como otros árboles, una palma de dátiles da más conforme se va haciendo vieja” (Un hombre viejo).

Los jóvenes deben empezar, de alguna manera, a destacar. De acuerdo. Pero deben tener en cuenta que no son más que el peor hasta que obtengan su sitio por mérito propio (no por “patería” u otros mecanismos banales y carnales).
Los jóvenes que enseñan deben tener las ideas centradas, ser serios y responsables, hablar con mesura y poner el mismo esfuerzo que cuando su carrera... pero “¿Por qué? Si yo ya terminé la mía, ahora tengo que desquitarme con alguien. Una por otra.” Falso, aunque endémico. Si alguien les hizo daño o pasaron algunos malos ratos, así es la vida. Uno cosecha lo que siembra. Si permitieron maltrato no es aceptable que se conviertan en lo que fueron sus “maestros”, no es aceptable repetir el círculo y convertirlo en vicioso.

Es ingrato tener un profesor que piensa con el hígado y que cree que por tener más edad posee razón. Este es un gran problema porque los prejuicios y estereotipos se transmiten y quedan grabados en la mente de los más rencorosos, de los que no supieron sobresalir (lamentablemente para ellos... y para los que aprenden de ellos y para los clientes).
Enseñar no es cuestión de “pasar” o jalar a un estudiante, ni que aprenda fórmulas de memoria –que va a olvidar a finalizar el curso-, sino de hacer aprender por asimilación, que toda esa información que nos embuten quede grabada en lo más profundo de nuestras mentes.

Por eso el memorismo es una falla en el sistema de enseñanza, una falla de cientos de años, quizá miles y más que una falla histórica. Es nuestro medio de aprendizaje más fácil. Más fácil.

La disfunción que crea el aprender de memoria es notada por los profesores con años en la enseñanza. Y a excepción de los tercos (llamémoslos temperamentales), han notado que no sirve el aprender de memoria, sino que la vida profesional se compone básicamente del cómo lograr lo que se pide: obtener resultados.

Al final, lo que vale es resolver el problema teniendo toda la caja de herramientas y sabiendo para qué sirve cada una: apuntando a construir un futuro, que lograremos con una buena educación.

Manejo de información
El saber responder a las preguntas de los alumnos es en sí un reto. Para enseñar bien es necesario tener una gran base de datos en la cabeza. Eso se gana con años de conocer nuestro cuerpo y mente, con lectura, viajes, investigación y sobre todo, intercambio de opiniones (conversar).

Una buena salida para responder es pedir al estudiante que traiga la respuesta a su pregunta y la comparta con todos. Es parte del “hacer clase”; compartir es parte del “hacer institución”. Pero siempre existen los que guardan la información para sí y solamente así, no la intercambian ni la “comparten” siquiera vendiéndola. No son de fiar ni de considerar. Esa información se consigue en internet o por otros medios. Es fácil. Lo difícil es emplearla bien.

Internet. Computación... La globalización y todos sus efectos y defectos. Los profesores se defienden... con la pizarra y un pedacito de tiza. Bien. Suficiente para comunicar.¿Audiovisuales? Mejor aún. ¿Data display? Quizá sea demasiado para algunos cursos aunque debemos apuntar siempre al progreso tecnológico, a nuevos medios para transmitir conocimiento (“nuevos medios” es relativo, e inherente a la situación de cada institución).

Hay quienes pugnan porque todo sea hecho por computadora. Eso no está bien enfocado. Es muy frío y lejano. Dependiendo del fin, la máquina puede ser una buena herramienta tanto puede ser un odioso impedimento como en el diseño arquitectónico.

Problema aparte

Para el diseño gráfico no se necesita papel en cantidad, pero para el arquitectónico sí. Diseñar en computadora no funciona. Salen porquerías... para los que no se creen genios. La computadora es sólo un instrumento de dibujo, es un lápiz, que no se ensucia por el tronco sino por el sudoroso y pegajoso teclado.

En arquitectura, después de lograr la forma, la distribución y las medidas, se pasa al dibujo y luego a materiales.
Sería bueno, para un estudiante de arquitectura, aprender las pautas de diseño con todas sus peroratas bien aprendidas, para entonces entrar al campo del dibujo por computadora, que no debería llamarse “diseño asistido por computadora” (CAD por sus siglas en inglés) sino “dibujo hecho con una computadora”.

CONCLUYENDO

La cultura propia, el conocer otras realidades, saber y haber vivido de todo y tener conciencia real de la realidad, son sólo una cuantas variables para poder enseñar arquitectura.

Aunemos la autoestima no desmedida, la mente abierta, la visión amplia (flexibilidad de comportamiento), el mantener entusiasmo permanente (dificil cuestión)... y un tantito de modestia.
Estas y otras variables forman la experiencia y hacen a un buen profesor, hacen a un buen profesional, hacen a una buena persona – no un simple humano.

Como integrantes de una institución, debemos tratar de potenciar las cosas positivas y las ventajas de nuestro medio y mitigar las consecuencias de malos hablares y actuares.

silla
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Aprender a discutir no es necesario, se convierte en un arte cuando crecemos
(agosto 97)

Nacemos. Bebés hermosos, caras bonitas y sonrientes (la nuestra y las de todos los que nos rodean y dicen "cuchi, cuchi" y nos manosean... grotesco); juguetes de piezas plásticas gigantes y una cuna, cárcel de sutil toque. Todavía no sabemos qué queremos ser.

La primera vez que tomamos la mamadera -después de dejar de morder a nuestra mamá-, todo el mundo sonríe porque nos estamos haciendo "independientes".

Caminamos. Primero nos paramos solos, y varias semanas después los adultos se alejan para que los alcancemos, pero no lo logramos porque se van más atrás. Entonces aceleramos el paso, la adrenalina fluye y nos caemos. Todos orgullosos, riendo de nuestra “bebetud”, excepto nosotros que no nos acordamos.

Hablamos. Algunos caminan antes de hablar, y otros hablan antes de caminar. Cada uno tiene su preferencia y escoge: o ser un latoso patealatas, o desgastar el auricular del teléfono.

Aprendemos más. Cuando nos convertimos en colegiales conocemos a otros igual a nosotros (pero obligados a ir al colegio), que saben… nada. Hay peleas, tirones de pelos, patadas, empujones, gritos y lloriqueo. Cada uno comienza a tomar decisiones propias y a echar mano a los juguetes que quiere. Conforme aumenta nuestro vocabulario, nos hacemos más objetivos, más “discutones”. También hay los que se hacen “robones”.

Seguimos aprendiendo (es algo impuesto y luego autoimpuesto; comienza por la “sociète” y se acaba con ella, sino seríamos una gran mancha de cabezas lerdas en un puntito del planeta y nada más). Estamos en primaria.
Aún no sabemos que hay que detestar el colegio y a los profesores. Seguimos sumisos y obedientes a sus órdenes. Entonces, un niño gordo, grandote y manchado de comida, nos da un empujón, nos dice que el bolígrafo que se nos cayó del bolsillo (por supuesto que el primario dice lapicero), es de él. Decimos que ¡NO!, No, no es tuyo, es mío, dámelo, dámelo. Si es tonto, nos lo da. Si somos tontos, no se lo pedimos. Se quedó con el lapicero.... bolígrafo, y nosotros lo acusamos con la maestra.

Nuestra paciente maestra, que no carece de coraje por tenernos toda la mañana en esa etapa de preguntar y decir sonseras. Discutimos y peleamos. A veces discutimos con el de al lado porque hubo una idea que dice fue de él pero que en realidad fue nuestra. Es mía, dice. Yo la pensé. ¡No, fue mi idea maestra! Esa fue mi idea, ¡él es un “robón” de ideas! Sí, sí... claro, contesta ella (largo suspiro).

La amenaza del discutir comienza a mostrarse y hasta se atreve a insultar. ¡Eres una caca!, gritan. ¡Tu abuela!, gritamos, y nuestro mundo, compuesto por pequeños humanos, se ríe. Más, aprendemos más. Nos hacemos más grandes, nos desarrollamos, todo el mundo se desarrolla, las mentes se desarrollan y las ideas progresan. Discutimos. Ya sabemos discutir y sabemos cómo insultar en una discusión. Avanzan las técnicas para dejar mal parado al contendiente, al “enemigo”. La pubertad, con cambios hormonales y anímicos. Los chiquillos se vuelven odiosos y ariscos, contestones y malcriados. Algunos creen ser autosuficientes y más inteligentes. Se genera un discutir permanente.

En una discusión, se oyen palabras y frases tontas, a veces sin sentido. ¿Por qué? Porque estamos acostumbrados a ello, es una necesidad el dar nuestra opinión aunque esté totalmente errada y encolerizada.

Es una necesidad, como el café para algunos y la marihuana para otros. A algunos quita el dolor de cabeza, a otros da gases (eso es con el café, con la marihuana todavía no sé), pero siempre tenemos algo de qué discutir para discutir, como quien dice: "díganme de qué se trata... para oponerme a ello".

Maduramos, algunos nunca. Pero en términos generales, cuando maduramos, cuando nuestras mentes ya piensan como una persona adulta a la que le sobra el sentido común y tiene un sobrio sistema para juzgar las acciones que comete y que suceden a su alrededor, discutimos y hasta entramos con seriedad en la resolución de problemas… seriamente, a golpes.

Se estudia bastante (no tanto) para ingresar a la universidad y de casualidad estamos ya dentro... “¿Arquitectura?”, preguntan todos, “¿Por qué? Los arquitectos son locos... ¿Qué te motivó...? Hacen cosas estrambóticas” (¿Qué es estrambótico?: “Texto de difícil comprensión por su falta de orden, y generalmente carente de lógica”). Entonces, critican lo que no conocen, con palabras que no conocen.

Y, morimos. Queremos morir en paz con toda la gente que conocimos en vida, cosa imposible porque algunos de ellos ya se murieron y nos dijeron nada... pero discutimos sobre qué ataúd resulta más barato y bonito, y qué traje es el que mejor nos queda, ya que no le vamos a pagar a un sastre para que nos haga uno a la medida sin tener la oportunidad de lucirlo en una recepción.

La discusión es un tema muy amplio del cual discutir. ¿Alguien querrá discutir conmigo porque no está de acuerdo con lo que digo? La cosa es así y no cambiará, además, si no discutiéramos, ¿se imaginan cómo quedaríamos al fin del día? Cada uno regresaría a casita, comería y se iría a dormir. Le hablaríamos al viento en sueños. Soñaríamos las palabrotas que hubiésemos dicho al estúpido que se sienta al lado para sólo decir tonterías.

Discutir es el devenir humano, una forma de desahogo (pregúntenle a la sra. psicóloga). Espero que alguien quiera discutir conmigo sobre este artículo.

 
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¿Cuánto debemos a la historia?
(octubre 2000)

El barrio es la unidad básica del urbanismo. Tenemos muchas formas de barrios, unos cuantos tipos de estos mismos, y miles de individuales andantes que dejan su marca en cerros y arenales… y en los postes.

El barrio funciona tanto como lo hizo desde que fue concebido, pero nuestra enajenación actual es tan descarada que eso ya no importa. Esa es tal, que cada barrio puede tener una pseudo-identidad en particular (‘el de los choros’, ‘el de las prostitutas’, ‘el de los….’). En la ciudad, la identidad cultural inmigrante se ha mezclado con la modernidad haciendo que el menjunje urbano sea homogéneo, no diferenciable sino desde dentro (costumbres y tradiciones de las primeras generaciones, mutadas).

Esas generaciones están olvidadas por viejas o por culpa de la televisión vulgar (la tele recibe más atención que la tradición); pero, cuando llegaron sufrieron un impacto muy grande al tratar de sobrevivir. Debieron adaptarse por la presión social o sucumbir, desapareciendo en brazos del olvido con la nueva generación que esta misma produjo y que no-nata fue ya consumista, “moderna, pes”.

Actualmente no identificamos con facilidad las tensiones que se crean en la ciudad a causa de las variables ‘pro-modernidad’. Todo mezclado, todo en el mismo tren, en el mismo cable, en el mismo canal, pero todos a su modo y con su particularidad. Gran autonegación… el gran principio de la modernidad.

¿Crea la modernidad un humano digno de serlo? ¿Crea una facultad de arquitectura del estado un arquitecto digno de ser profesor? ¿Digno de ser profesional y estar 11 años en el mismo salón? ¿No evolucionan, o lo harán los que nacieron con alguito de curiosidad?

¿Por qué antes no se vivía bajo tal presión y con tanto estrés como ahora? En esta era de información, aquella está regada por todo lar, tanto que no podemos recogerla con rapidez suficiente. La ciudad crece de forma similar: caótica.
Si en 1950 el urbanismo privado específico constituía el 80% y el estatal el restante, ahora, con la privatización, la competencia corporativa y la eficiencia exigida en todo nivel, para los siguientes 30 años no se espere un orden general propiciado por el Estado, sino algo más crítico y descontrolado y amorfo de lo que creamos en este momento.
Como profesional, el arquitecto no está capacitado para entender a cabalidad esta morfosis urbana limeña de crecimiento criollo, porque está siendo malformado en dos sentidos:

  1. Carencia de capacidad para cubrir las expectativas de un futuro competitivo-completo-depredante-mediato, y
  2. Incapacidad para cubrir las expectativas actuales de la ciudad para la que diseña -háblese de una megalópolis* psicopatológica como lo es Lima. *(calificada por alguno como tal aunque no tenga 10 millones de habitantes y sistemas de transporte deficientes)

Si logramos entender el caos en el que se desenvuelve nuestra ciudad, entonces lograremos -parcialmente- entender el crecimiento natural urbano de los asentamientos. No los asentamientos actuales con tramas superpuestas a la falda del cerro que crean perspectivas ‘pandeadas’ de la calle principal con postes convencionales de iluminación, sino el que se da en laderas y en la cumbre de los cerros, donde la naturaleza no permite una cuadratura mental tal que sea una simple y vulgar expansión de la ciudad.

La construcción no planificada, que es el aspecto formal del trabajo arquitectónico por percepción, o sea la construcción no sapiente, cambia de forma y de medios. La necesidad de adaptación, las soluciones creativas y el reto, son mayores, y el desarrollo colectivo, consecuentemente, también lo es.

Nuestra ciudad, vista como construcción ligeramente promovida por el Estado, está en un momento en el que se identifica como Lima y nada más que Lima, sin símil en otro lugar del planeta.

Esa promoción de la construcción, si bien se perfilaba como una parte de la solución a la gran ineficiencia del mismo Estado (solución que nunca se dio en su totalidad), sembró en las mentes comunitarias -de distintos distritos con distintas identidades- una de tantas premisa: ‘construir mi casa para tener algo mio’.

No tiene el estado la culpa, no hay culpas, sino que hubieron y existen experimentos sociales a nivel mundial. Las ‘guachaferías’ son necesarias para lograr la evolución de la mente colectiva popular y así estar, como urbe, en capacidad de exigir algo intelectualmente satisfactorio. Mas, como el poblador actual posee un bajo nivel educativo, no se encuentra en posición y tampoco en necesidad (identificada) de formular esa exigencia… por algo esta ciudad es tan fea (siendo la belleza un cánon relativo, manejado a conveniencia y moda).

Y vista Lima como planificación, sólo se puede concluir nuevamente en la ineficiencia de un aparato regulador estatal. ¿Quién puede defender la obra del estado en cuanto a planificación a nivel macro de la ciudad? ¿Hubo alguna vez un proyecto que reuniera, acaso, varios proyectos de urbanización y los unificara por medio de pautas y reglamentación? ¿Cómo vivir en una ciudad de sistemas yuxtapuestos y no integrados?... al parche.

Para responder todo aquello, sirve la historia, que ofrece la opción de aprender de los grandes errores pasados y no cometerlos ahora tan espeluznantemente, y así parchar con algo de decencia, si no es desfachatez.

Entonces, a la historia le debemos mucho, como historia misma, como pasado, como legado, como identidad… aunque sea difícil y extraño establecer una común para esta ciudad.

 
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Algo sobre ‘el arte en el espacio público’
(octubre 2000)

Pregunta: ¿Quién entiende el arte en términos generales? ¿Los críticos? ¿Los arquitectos? ¿Los artistas mismos? ¿Los votantes?

Interpretaciones y reinterpretados hay por millares, mas ¿cuántos seres ‘TIENEN’ un arte de esos que se venden en el centro del parque? Refiero a cuántos son capaces de identificarse -indistintamente a la profesión, si es que se posee - con ese arte que ven en una plaza, en una galería (de arte), en la pared de una casa. En igual situación se encuentran los poetas, pero como en nuestro entorno no se lee mucho... no existe base cultural para VER al arte.

Las pocas veces que veo una exposición artística, casi siempre necesito un ‘manual para entender’ la OBRA. Más se entiende la dificultad que existe al tratar de comprender la idea sin conocer al autor… es cuando decimos ‘qué bonito!’ y pasamos a la otra obra, esperando de él una segunda exposición para poder ‘disfrutar nuevamente de…’, pero no tenemos idea de la idea del creador. Deduciendo rápidamente, es considerado mejor arte el que puede ser entendido por la muchedumbre (pero, como esto no se toma en cuenta casi nunca, los artistas siguen proyectando solamente para los artistas. ¿Quién desmiente?).

Entonces, consideramos mejor arte al que podemos identificar con un pedacito de nuestras vidas o con algo que poseemos, sea un objeto o un recuerdo. Vagamente, es un atisbo de identidad para cada persona.

Se busca esta identificación porque necesitamos ubicarnos en el tiempo y en la materia, debido a que necesitamos un asidero para sentir [pseudo]-habilitación de auto-justificarnos y explicar nuestro existir (valga aclarar que es un proceso inconsciente).

Luego, en medio de esta ‘identificación’, para tratar de no caer en una falacia intelectual, nos construimos una fortaleza de autosuficiencia interpretativa, oh, gran placebo!, o sea, creemos que ‘…entendemos el fenómeno de la vida…’ sin entendernos, y dormimos en ese falsete por 10 o más años hasta decir ‘ya estoy muy viejo para esas cosas’, momento en que ya no tenemos la fuerza necesaria para un intenso trabajo intelectual o, como sucede generalmente, se cree tanto en ese ritmo descontinuado (falsete viejo) que el alma se enquista en orgullo.

Arte público

El más quebradizo de este arte es el que se ve en espacios públicos, el que se muestra tal cual vedette (estrella, en francés). Este arte es el que se encuentra abierto y en permanente desvelo a la crítica común y ‘erudita’. No se puede esconder aunque sí se puede cambiar de lugar con un helicóptero… este es el ‘arte público’ –como definición genérica-, que pocos entienden (a menos que sea la recreación de una estatua antigua o el busto de un político).

El mismo arte, sin ser descriptivo, se plantea muchas veces como usuario imaginario del espacio… según un artista. ¿Cuántos comunes mortales pueden entender eso?

El artista es el más común de los mortales porque tiene una gran necesidad de expresar lo que carga su espíritu, de ser entendido, de llenar espacio plano o tridimensional. El artista, ciertamente, sabe expresarse mejor que otros profesionales de excelsa cuadratura mental. Por eso es el más común de los mortales, porque expresa lo que siente y comunica lo que cree, con métodos más naturales y legítimos que provienen de su interior… el artista peca de humano. Y luego vendrán otros como el arquitecto, que también puede ser considerado humano, aunque algunos no se acepten a sí mismos.
Para un arquitecto o urbanista el arte es a veces un complemento, y a veces una ‘pauta espacial abstracta’, o sea un hito perceptivo y no necesariamente puntual que hace uso de tecnología y estructuras diversas. Entonces, para producir este arte -sea quien fuere el productor- podríamos partir de tres vistas: lo humano, el espacio urbano y la materia.
El segundo, se autocondona a la arquitectura porque ella es su sutil y más intrusiva defensora. Para la materia, que se expresa por sí misma, existe cierta facilidad de ser integrada al lugar, al espacio, a la identidad; la materia se subyuga a la forma. Y finalmente, el humano crea y hace uso de la materia y del espacio, pero no es esta ‘humanidad’ a la que refiero, sino a la que considera al humano como persona, y no como usuario, que es una cifra más, una barra más en un gráfico de población.

De estas tres, dos sufren: la materia y el espacio, pero no tanto como el humano en su común trajinar… entonces TODOS sufren en la autoenajenación de la arquitectura, creyéndose ‘suficientes’ y a su vez creando, sin reparo, una dejadez muy grande hacia la todavía no-rescatada persona. Este producto es atribuible a algunos profesionales en la materia (recálquese la arquitectura) que creen poder hacer todo y de todo, y lo que es peor, dentro de su error creen estarlo haciendo bien, pero realmente, se harían las cosas bien, si existiese un poco de modestia, y tan sólo un poquito menos de arrogancia.

¿Y qué pasaría si en la búsqueda de esa modestia, partimos de la naturaleza, de algo que ya está hecho, logrando una creación artística?

Lo hacemos si CREAMOS para el humano, porque tenemos un cuerpo restrictivo y hecho para aprender a conocernos a nosotros mismos. Sería muy interesante si el artista lograra reinterpretar a la naturaleza en una obra capitalista, llámese de consumo masivo.

Este concepto se conoce en la arquitectura, en parte gracias a los arquitectos historicistas-contextuales, que algunas veces logran plasmar la estructura de la naturaleza en edificios con identidad cultural, haciéndose famosos con el tiempo. ¿Por qué se hacen famosos? Será que todos buscamos eso, pero no somos capaces de tomar la decisión de cambiar.
El arte en el espacio público debe ser tomado con sensibilidad. El arte es la expresión –regalada a todos- de las ideas y sentires de un humano, y hecho para ellos, sin egoísmo, al igual que el espacio urbano y la arquitectura con toda su verbigracia intelectual.

 
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Réplica… una más
(marzo 2001)

Hablar de estudio o trabajo NO nos hace reflexionar demasiado... en realidad genera preocupaciones. El estudio es un estresante natural, y lo es el trabajo en mayor medida (vivir como vivimos ahora es un suplicio si no sabemos respirar).
Al estudio se le puede relacionar con un logro mediato: obtener el cartón. Se supone realización personal pero en realidad no es gran cosa porque al salir, al conocer el campo profesional, uno se da cuenta de que la enseñanza en la universidad, casi tanto como en el colegio, fue dentro de un cascarón… ¡cuánto más pudimos haber aprendido!!!!

La universidad embute la teoría, el colegio también. Lamentable es nuestra condición de humanos que no pueden distinguir lo que realmente sirve para el futuro mientras somos adolescentes... tampoco mientras somos jóvenes, y hasta siendo adultos (con sus hijos).
Si el estudio fue exitoso, si las notas fueron buenas y si los profesores recuerdan a este profesional como un buen académico, bueno será para él, pero para quien no lo conozca, no significará más de lo que se puede leer en su curriculum vitae.

El CV sirve mientras uno es joven, o si uno es mediocre toda la vida. Refiero a que llega un momento en el que no es necesario mostrar un CV porque todos saben de lo que uno es capaz. Hay los que no necesitan de ellos porque se les conoce por su trayectoria, responsabilidad, empeño, conciencia social y ganas de aprender... pero lamentablemente son los menos; son los que de alguna manera tienen la vida hecha (no comprada).

¿No es entonces una ironía el que se les distinga a los que fueron ‘buenos estudiantes’? Porque cuando profesionales, si bien les da puntos en una evaluación para un trabajo, el mostrar un CV quiere decir que están considerados como todos los demás, sin algo extraordinario en su existir (pensando muy espiritual y filosóficamente).

El progreso personal no es solamente espiritual, o lo mítico que uno pueda crear dentro de sí, lo mágico que pueda tener un mundo creado en nuestra mente. También es el accionar constante, el movimiento perpetuo (¿Quién dijo –con total verdad- que todo lo que no está en movimiento continuo, muere?).

El desarrollo personal no se basa en la libertad con la que nacemos, porque esa se puede perder de muchas maneras y en muchos estadios de la vida. Si se quisiera mantener la libertad -con la que se vino al mundo- en lo cotidiano, no se lograría la meta.

Si uno está ya imbuido en lo ‘cotidiano’ es muy difícil liberarse de las ataduras sociales para mantener la libertad (pequeña y estrecha). Trabajo, comida, supermercado o mercado, carreteras, auto y combustible, ropa y tenedores, computadora, cámaras fotográficas, viajes, etc. ¿Cómo mantener esa libertad nativa? No podríamos vivir en civilización.

Y de ésta última, como la vivimos, ha acelerado todo proceso social-humano. Envejecemos rápido y nuestros hijos lo harán aún más. Pero el futuro nanotecnológico, que se nos viene encima, no es monótono ni mecánico (aún sin dejar de existir las labores obreras), sino intensamente cambiante. No es motivo -esta avalancha de información- para denigrar los métodos.

No soy partidario de métodos o esquemas u horarios para definir cómo debe ser la vida, pero es el método muy necesario incluso para encender una computadora y escribir en ella. No es derecho nuestro despreciar los métodos, porque, lamentablemente, sin ellos no entenderíamos el caos, que entraña un sinfín de métodos por demás simples.

El método lleva a la persona a adquirir infinidad de conocimientos, unos mas interesantes que otros, y si se mecaniza, pues que sea ese su fin. A pesar de tener conocimientos a borbotones, esa persona ha dejado de vivir.

¿Trabajo nuestro, es acaso, hacerle retomar la vida que en algún momento encontró? Justo cuando vivió la curiosidad, vio lo que porta la vida alrededor nuestro; debemos hacerle recordar ese instante, reminiscencia de VIDA, no vida.

Creemos que para comprender y controlar esa vida, debemos crear preceptos y normas (falsas, porque no pasan de ser normas sociales); que necesitamos adherirnos a un concepto que nos justifique, que nos diferencie de los animales diciendo que somos ‘animales racionales’.

Si no dejamos este tipo de diferenciaciones, no vamos a comprender nuestra naturaleza ‘portadora de conocimiento y forjadora del espíritu’, infinitamente más sabia que nosotros mismos (que nos negamos).

Pero este negar no se basa en dejarse a lo mundano. ¿No es detestable dejarse a pequeños gustos o caprichos físicos como al chocolate, al sexo, quizá al olor de la gasolina? Estas distracciones no confinan nuestro paso por el mundo, no nos hace banales existires, y no justifican una crítica a la ‘satisfacción de las necesidades humanas’, de ninguna manera.
No debemos dejar que lo mundano rija como tampoco lo ‘universal’, porque no estamos físicamente preparados para comprender eso tan grande, que nos domina sin darnos cuenta (nuestra estructura cerebral no está preparada aún).
Todo, absolutamente todo, incluyendo lo destructivo, alimenta al espíritu, y todo, absolutamente todo, tiene incumbencia global -¿Efecto mariposa?- en el plano material y cósmico (aunque suene lejano). Seamos humildes pero sepamos que somos parte del universo.

Los conceptos, intrínsecamente necesarios, los tenemos ya, nacimos con ellos pero los hemos negado y así nos enseñan a ser. Vivimos así, sin darnos cuenta. La mediocridad es la prueba clara.

Y una de las álgidas expresiones de la mediocridad es la burocracia. Indefectiblemente es el estímulo a la incapacidad, la saciedad de toda inutilidad. ¿Cómo combatir esta estupidez espiritual?

Desde la enseñanza, despreciada, pero en el futuro será la convergencia de la búsqueda de lo mejor. Está en manos de profesores, mezclar la emoción con la teoría, hacer que la recepción sea apasionada, no indiferente y aburrida. También entender al que aprende e inyectarle un poquito de pasión.

 
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Sobre la enseñanza del urbanismo en el Perú
(octubre 2000)

La arquitectura versa un poco de todo y un poco de nada. Al hablar sobre la enseñanza del urbanismo seguimos en el mismo caso ya que se abarca una variable más (enseñanza) dentro de un ámbito muy extenso, inacabable, como es el urbanismo: las ciudades están en eterno crecimiento, ya sea horizontal, vertical o reciclándose y remodelándose.
El urbanismo, que es una parte de la arquitectura en su amplia definición (no hablemos sólo de edificios que se niegan a la ciudad o de complejos habitacionales experimentales), puede ser tratado como un tema en particular, más no independiente del resto de disciplinas que le atañen en mayor o menor grado.

Enseñanza

La enseñanza actual -de cualquier carrera- no cubre de forma cabal las necesidades que va a tener el profesional del futuro, viéndose ya coartado por la cantidad de disciplinas que no va a ser capaz de entender y menos de conllevar incluso en este momento (teniendo claros los límites de cada profesión). Recordemos esas palabras en las que se basa parte de la reingeniería: ‘competitividad y eficiencia’, y actualmente ‘gestión de calidad’ (el control total hasta la satisfacción del usuario).

Si bien en esta ‘era’ se postula algo semejante para la educación, la formación integral -algo muy importante para la arquitectura-, ¿Por qué asienten las cabezas al escuchar de esa formación integral, si ningún plan académico cumple con esas expectativas? ¿Qué significa ‘formación integral’? ¿Es acaso un pedacito de todo lo que deberíamos aprender, o es el miserable ‘hacemos lo que podemos’?

Tratemos de hacer más que eso, aunque ningún plan pueda preparar en este momento a un profesional tan integral, que sea competitivo contra otras profesiones, ya que ningún profesional, en este mismo momento, puede delimitar una carrera y declarar el principio y el fin de su influencia, o del poder de toma de decisiones para la que está capacitado. Y no mencionemos los límites intelectuales además de los meramente formales, sino, ¿Por qué existe una longeva discusión entre arquitectos e ingenieros civiles?

Si en este momento no se apunta a tener un profesional universal y a la vez especializado (dentro de nuestras capacidades neuronales), será porque no hemos cambiado nuestra forma de concebir la vida y nuestra profesión, como tampoco todo tipo de aplicaciones que no tienen relación APARENTE con ella.

¿Cómo cambiar esa forma de concebirnos? No conocemos con detalle todas las disciplinas que intervienen en la vida de una ciudad, pero sí sabemos de su existir, y su relación con la vida diaria, en la mente del poblador. Cada profesión se yuxtapone a la otra como lo hacen los sistemas de una ciudad.

Ciudad

¿No se verá la ciudad como un todo cuando el profesional sea realmente multidisciplinario? ¿Un profesional que pueda decirse holista y que pueda comprender la manera en que se vive en su momento?

Es verdad que primero necesitamos entender la ciudad, su funcionar y su actuar, para después proponer un orden y aprender a planificarla, y luego, según algunos, proyectarla al mundo (¿?). Entonces, para ejecutar este proceder debemos adaptarnos al momento en que vivimos, y con sustento histórico (a mayor cultura, mayor capacidad de respuesta).

Pero, si el momento en que vivimos es contradictorio consigo mismo (la modernidad se niega a sí misma desde que fue concebida, ej. Globalización-Individualización), ¿En qué debemos concentrarnos? ¿Ser individualistas y expresar nuestra ‘genialidad’ en cada proyecto que desarrollemos, o aprender a trabajar en grupo por una búsqueda del bien común y ser anónimos?

Démosle un matiz social a cada concepción, porque la ciudad se hace de humanos, y los humanos son el fin último y primero de la ciudad. No hablemos del usuario, que es una estadística más, sino hablemos de personas, no de leyes ni de abogados tampoco.

Entendamos a las personas antes de hablar de ciudad y de fenómenos de crecimiento urbano, del criollismo y de la guachafería. Entendamos, y luego propongamos soluciones en vez de comentarios risibles.
¿Podremos ser multidisciplinarios, o me proyecto demasiado? ¿No es el momento? ¿Cuándo? La competencia a mediano plazo va a ser más dura. La urbe es una juntura de todo y todos, por tanto, debemos ser multidisciplinarios para entenderla y proponerle.

No sólo nuevas construcciones o trazos viales, sino nuevas maneras de moverse en ella, de cuidarla, una nueva mente colectiva (No es idealismo desmesurado sino un negar de los cánones sociales actuales, una crítica a los estereotipos y un insulto a la mente cartesiana del burócrata).

Este cambio lo lograremos con una renovación permanente de conceptos sumado a la constante actualización de conocimientos, formas y métodos. ¿Por qué no se apunta a una concepción holista? ¿Es suficiente la administración y no la gestión?

Aquí solamente hay preguntas que denotan el matiz ideal que todos exponemos y que queremos ver. ¿Por qué no remitirnos a lo real?

Hablemos de lo real en términos reales y no con ese ‘como tendría que hacerse’. No aceptemos comentarios falaces si están acompañados del ‘pero debería ser…’.

Aprendamos a solucionar problemas, de los que tenemos muchos… y a entender al poblador, a nosotros mismos, porque antes que profesionales somos personas.

No sigamos dejando a la profesión lo que debería ser de nosotros: la ciudad.

cerro poblado